
BOGOTÁ ESCENIFICADA. SIGLO XX: CUATRO OBRAS DE TEATRO
Las cuatro piezas colombianas consideradas aquí fueron escritas en distintas épocas, durante el siglo XX, y su objetivo es presentar
Actriz de comienzos del siglo XX. Murió en marzo de 1924
Actriz de grandes dotes, de memoria privilegiada, de porte distinguido, su clásica belleza se unía a su talento, elegante y un tanto huraña, romántica y utilitarista, son una muestra de las frases que fue acumulando María Luisa Lobo Guerrero durante su recorrido artístico. Posiblemente todos esos calificativos daban cuenta de la personalidad de la artista, quien no llevó una vida convencional e incluso fue excepcional para una mujer de su tiempo.
María Luisa nació en Funza (Cund.) y conoció el teatro a comienzos del siglo XX en Bogotá, por conducto de su hermana Blanca quien estaba comenzando su carrera artística como partiquina de la Compañía de Zarzuela de los hermanos Del Diestro. María Luisa inmediatamente se entregó con gran dedicación al arte dramático. Al poco tiempo tuvo la certeza de que la zarzuela no era su género preferido y que necesitaba otras opciones para continuar su formación. Decidió estudiar en el exterior. Por entonces, el general Rafael Reyes comenzaba su periodo presidencial y ella consiguió del mandatario un auxilio para ir a estudiar a España, gracias a lo cual pudo matricularse en el Conservatorio de Barcelona. Después viajaría a Andalucía y a Madrid.
Algunas fuentes de los años veinte coinciden en afirmar que, en Madrid, María Luisa conoció a uno de los grandes poetas colombianos —cuyo nombre se omite—, quien había sido nombrado por el presidente Reyes en la Legación de Colombia. Al parecer fue amor a primera vista: los dos artistas, actriz y poeta, sintieron que eran “almas gemelas”, “románticas” y un tanto “incomprendidas”, según la descripción. También, al parecer, este amor duró toda la vida, aunque nunca se unieron ni se comprometieron en matrimonio. Ambos viajaron a París en donde pasaron “breves horas de amor y de vértigo” y sólo se despertaron al regresar al país. No es difícil inferir que el despertar fue duro para la pareja dado el conservadurismo de la sociedad colombiana y el del poeta, como también conjeturar que fue a ella a quien más duramente le cobró tal osadía.
Como ya se expresó antes, las fuentes omiten el nombre del vate, no obstante, todo lleva a pensar que se trataba del “Divino Flórez” (Guillermo Valencia llamó así a Julio Flórez), quien en 1907 se desempeñaba como Segundo Secretario en Madrid y en 1908 viajó a París, invitado por la Embajada de Colombia en Francia, a recitar sus poemas con motivo de la celebración de la fiesta nacional. A lo largo de su vida Flórez tuvo gran éxito entre las mujeres de todas las edades, arrancó hondos suspiros, sostuvo varias relaciones amorosas y al parecer —como la mayoría de los hombres de su época—, no pudo deslindar el amor carnal del amor romántico y el placer de la decencia. Flórez se casó en Usiacurí con Petrona Moreno Nieto, una colegiala de catorce años con quien tuvo cinco hijos.
Cierta o no la deducción acerca del lazo afectivo que unía a los dos artistas, es evidente que María Luisa conocía y admiraba la obra de Flórez, pues ella tenía por costumbre recitar sus poemas al final de las temporadas o en representaciones especiales, y lo hacía con tono y ritmo precisos y con profundo sentimiento. Los espectadores siempre premiaban sus recitales con salva de aplausos y pedidos de repetición. También es cierto que unos meses antes de la muerte del poeta, acaecida en Usiacurí en 1923, la actriz fue a verlo “solícita y amante, sin rencores por la mujer que era ya dueña del corazón del moribundo”, como escribió un bogotano que firmaba bajo el seudónimo de Míster Cat en la revista Mundo al Día.
Más adelante, Míster Cat, con el mismo acento poético y omitiendo siempre el nombre del poeta, intuye la honda impresión que el hecho causó en el corazón de la actriz y así la describe:
“Él murió. Como un Sol. Lleno de resplandores y de gloria. Y para ella se hizo desde entonces la noche. Esa noche —olvido y miseria— entre cuyas sombras se alejó, siguiendo de cerca los pasos de un amado en los yermos de lo desconocido” (Mundo al Día, marzo 17, 1924: 2).
Y tal vez le asista razón a Míster Cat, porque la bella diva moriría al poco tiempo, en marzo de 1924.
Después de esta dosis de romanticismo, de misterio, fábula y encanto que acompaña la vida de algunas estrellas del teatro, se prosigue aquí, en este escrito, con el recorrido artístico de María Luisa. En enero de 1909, después de un largo recorrido de la Compañía Dramática Nacional por Antioquia, Caldas, Cauca y Tolima, la compañía fue reestructurada y se convirtió en la Compañía Lírico-Dramática Nacional, con dos directores: Arturo Acevedo Vallarino (el fundador y director tradicional de la Compañía) y el tenor Paco Suárez. Es en este momento que María Luisa Lobo es contratada como primera dama, al lado de la famosa María Antonia Guiott y de un grupo de actores, actrices, cantantes y músicos, entre quienes se hallaba su hermana Blanca, como dama joven.
Por entonces María Luisa figura en el elenco bajo el nombre de María de Ferro; pero, posteriormente, por motivos que se desconocen, vuelve a utilizar su apellido paterno Lobo y poco tiempo después adiciona el apellido de su madre y es con los dos apellidos como pasa a la historia del teatro.
La estadía de María Luisa en la Dramática Nacional es bastante corta, por no decir cortísima. Ensayaba Mariana de José Echegaray, bajo la dirección de Acevedo Vallarino, cuando se empezaron a presentar serios problemas entre ella y los dos primeros actores. La obra se pudo estrenar y ella debutó con algún éxito en el papel principal. Al día siguiente, los actores principales renunciaron y la Compañía entró en una profunda crisis de la cual salió, gracias a las gestiones diplomáticas de Andrés Vera, socio fundador junto con Acevedo Vallarino. El resultado es desconcertante. Con excepción de María Luisa los demás artistas del elenco se quedaron, incluyendo a su hermana Blanca. Todo lo cual significa que la temporada bogotana concluyó y la Compañía comenzó su itinerario artístico por Medellín sin la presencia de la conflictiva María Luisa, por entonces señora de Ferro.
Ella había conocido en París al actor Nadal Santacoloma y ambos decidieron organizar una compañía, la cual itineró especialmente por Centro América, Venezuela, Colombia, Ecuador, bajo el nombre de Compañía Loboguerrero. Su primera temporada en el país fue en Santa Marta. Al llegar a Bogotá la Compañía solicitó el Teatro de Colón, pero fue rechazada, tal vez por compromisos adquiridos con antelación; así que se debió contentar con el Teatro Municipal en donde tuvo aforo completo en las primeras funciones y luego el público disminuyó en algunas representaciones. El debut se produjo el 18 de junio de 1913, con Malvaloca, de los hermanos Álvarez Quintero y fue un éxito, a pesar de que los aficionados al teatro hubieran querido ver otra obra, pues ésta era bastante conocida en la capital; continuó Tosca de Victorien Sardou, Nido ajeno, de Jacinto Benavente y así siguieron otras como Caridad, de José Jackson Veyán; Mariana y Mancha que limpia de José Echegaray; El señor feudal y Aurora de Joaquín Dicenta; María Rosa y Tierra baja de Ángel Guimerá, en la que María Luisa interpretó a Marta; Los espectros de Henrik Ibsen; La carcajada, traducida por Isidoro Gil; María del Carmen de Feliu y Codina; La fiera de Benito Pérez Galdós; El jorobado de Paul Feval, entre otras obras.
Es de anotar que la Junta de Censura no dejó repetir la obra de Ibsen, que había sido bien aceptada por un amplio sector del público mientras que a otros había escandalizado. A cambio, la Compañía remontó Tierra baja. La prensa bogotana dio el espaldarazo a la Lobo Guerrero, la calificó de hermosa y agraciadísima, a Nadal le brindó la expresión más significativa de la época: actor “pura sangre” y la compañía toda se ganó el favor y la simpatía del público. El escritor y dramaturgo Adolfo León Gómez —director y redactor del periódico Sur América— reseñó la temporada. Aunque él no estuvo de acuerdo con algunas actuaciones, en general se mostró satisfecho con el trabajo artístico. A mediados de julio de 1913, escribió: “Las últimas funciones han estado magníficas”. Y como León Gómez era uno de los dramaturgos que desde finales del siglo XIX había luchado por establecer una academia y por buscar un ambiente favorable a las artes escénicas nacionales, bastante emocionado le brindó el calificativo de “Doña” a María Luisa, y pidió a la sociedad bogotana su respaldo: “Doña María es una verdadera artista y debe ser decididamente apoyada por sus paisanas, ya que es o debe ser, si así lo queremos, la fundadora del teatro nacional” (Sur América, jul. 16, 1913:2), y luego pedía aunar esfuerzos para establecer una escuela de declamación, que tanta falta hacía, conducida por María Luisa con el apoyo de Nadal y de otros artistas nacionales.
El mismo León Gómez, a finales de julio, escribió en contra de la sociedad bogotana y a favor de la Compañía. Aunque la cita es larga, ilustra muy bien el pensamiento sobre el teatro y el ambiente en que las pocas actrices colombianas debían trabajar:
“Buena, muy buena tiene que ser esta actriz cuando ha logrado que unánimemente se le reconozca su mérito aquí, donde sólo gusta y se aplaude lo extranjero. Se necesita realmente ser notable artista para que no obstante el paisanaje haya podido triunfar en Envidiópolis [énfasis del autor]” (Sur América, jul. 30, 1913: 2).
Más adelante, León Gómez vuelve a manifestarse desilusionado por la falta de apoyo para abrir la escuela de declamación que él había propuesto.
La Compañía siguió su trasegar artístico y al poco tiempo se presentó una crisis, cuando María Luisa decidió aceptar la invitación de Virginia Fábregas y su Compañía para trabajar durante la gira por las ciudades de la Costa Atlántica. La prensa de Cartagena recibió a la compatriota con aplausos y frases lisonjeras: era la colombiana que tenía “en su porte la gracia picaresca de nuestras mujeres del interior”, “hermosa y radiante como la andaluza maga”, “refinada” como una francesa y así otras frases más, poéticas y caballerescas, que resaltaban sus encantos; pero, también destacaron su estudio, la conciencia que tenía de las artes escénicas y le pedían encarecidamente recitar composiciones de Julio Flórez.
Así fue transcurriendo la temporada de la Fábregas en Cartagena a lo largo de los meses de agosto y septiembre de 1913. Un crítico de teatro de La Época —con el seudónimo de Sijotave— anotó que no le había gustado la interpretación de Lobo Guerrero en el papel de Isabel, en la obra El ladrón de Henri Berstein, por falta de naturalidad y por haber abusado de la declamación. Unos días más adelante, otro crítico del mismo periódico —quien firmaba R. A. R.— escribió que, en la Cena de las burlas, los tres principales papeles habían corrido a cargo de fieles intérpretes, como en efecto lo eran el primer actor Nieva, doña Virginia y la “ideal” María Lobo Guerrero: “Esta última en su papel de mujer deseada, con sus abandonos imponderables, bien mereció el elogio de los versos y el aplauso de todos” (La Época, sept. 10, 1913:3).
Cuando subió al escenario La mujer de Loth, de Eugenio Selles, otro crítico se quejó de la frialdad de Lobo Guerrero en las últimas funciones, como si tuviera alguna preocupación al salir a las tablas, y luego agregaba en tono pedagógico:
“le aconsejamos que no mire tanto fuera de la escena, porque es un defecto que salta mucho a la vista del espectador” (La Época, sept. 19, 1913: 3).
Lo cual significa, que le recordaba no olvidar durante la representación la tercera pared, convención del teatro de entonces.
La temporada concluyó y, al parecer, doña María hizo las paces con Nadal Santacoloma —si alguna vez se distanciaron, como se insinuó en algún periódico capitalino— y reiniciaron en 1914 una nueva gira por el país y el exterior. En esta oportunidad se anunciaban como Compañía Nadal-Loboguerrero porque Isabel, la hermana mayor de María Luisa, también estaba realizando con su compañía una gira artística por varias regiones del país, y ésta se anunciaba como Compañía Loboguerrero; tal vez mordiendo un poco la fama de su exitosa hermana. En esta nueva oportunidad el repertorio de la Nadal-Loboguerrero combinaba obras de sus repertorios anteriores —bastante conocidas por el público—, e incluía varias novedades introducidas por la Fábregas. Algunos de los títulos son: Mancha que limpia y Mariana de José Echegaray; Malvaloca, Amores y amoríos y Genio alegre de los hermanos Álvarez Quintero; El ladrón de Henri Bernstein; Madre de Santiago Rusiñol; Resurrección de León Tolstoi; La loca de la casa y Celia en los infiernos de Benito Pérez Galdós; Canción de cuna y Primavera en otoño, de Gregorio Martínez Sierra, entre otros. La crítica teatral de ciudades como Cúcuta y Bucaramanga ratificaban una y otra vez el alto nivel de los dos primeros actores.
En los siguientes años muy poco se vuelve a saber de María Luisa en el teatro, tal vez habría que aceptar lo dicho por Míster Cat, cuando escribe que su entusiasmo por el arte escénico se acabó: “Ella enterró sus despojos sin llantos ni sollozos, y se entregó a la vida práctica”. El resto de su existencia pertenece un tanto a la tradición oral o a la ficción, tan propia de las divas y divos del teatro, que fueron al mismo tiempo amados por su arte y rechazados por sus trasgresiones a las convenciones sociales. Sus reales sufrimientos y alegrías se convirtieron en hermosos pasajes literarios, que una vez fueron consagrados por la letra escrita pasaron a ser verdades. Pues la “doña María” del dramaturgo, la María “ideal” del apasionado crítico y las distintas Marías de los demás, gracias a esa letra escrita se le vuelve a encontrar a orillas del Magdalena dedicada en su finca a la ganadería y a la agricultura. Dicha finca fue un obsequio que recibió de uno de sus más apasionados y generosos admiradores; alguno de los varios desinteresados que “como mariposas giraban alrededor de sus encantos, en los días alegres de triunfos y bullicio juveniles”. Y estas palabras y su descripción de aquellos tiempos se le deben también a Míster Cat:
"Era de verla —me cuentan amigos que la vieron— cómo se presentaba en el leñateo, a caballo en no muy brioso jamelgo, de tubos, breeches y fieltro de amplias alas, a dirigir el embarque de su leña. Su voz femenina imponíase a los negros hirsutos, quienes la obedecían como a cualquier jayán de la región, mirando, eso sí, de reojo la pistola y el machete de monte que colgaban de su cintura antes venusina, ahora deformada por las vicisitudes" (Mundo al Día, marzo 17, 1924: 2).
Viviendo en esa selvática finca supo de la enfermedad de su gran amigo, el poeta, y corrió a acompañarlo hasta el día de su muerte. Lo que María Luisa vivió después no se conoce. Su muerte ocurrió en un hospital de caridad de Barranquilla en marzo de 1924. Y Míster Cat da fin a su artículo, que más bien es un poético homenaje a la “simpática artista”, brindando a sus lectores una posible explicación al esquivo pedido de mano que tal vez ella no escuchó —ni siquiera de labios del bohemio poeta— y al énfasis del caballeroso dramaturgo en darle el título de Doña. La explicación es posible que se halle en el arte que ella escogió —de por sí restringido a las mujeres “decentes”—, y en posibles hechos vividos por ella en el pasado siendo muy joven. Pues María Luisa debió formar parte de una de las tertulias artísticas que se organizaron en Bogotá a comienzos del siglo XX —a semejanza de las de los poetas malditos franceses a fines del siglo anterior—, cuando algunos cachacos bohemios cayeron en el alcoholismo y las drogas. Es posible que en este medio ella hubiese encontrado su primer amor juvenil que mancilló su “honor”, pues Míster Cat la imagina llegando a la orilla del Estigia, el río mitológico griego del inframundo, y viendo cómo “le tendía la mano, para subir a la barca negra, el muerto del Asilo, ese muchacho loco, morfinómano y bohemio, que le enseñó el amor entre carcajadas, músicas y tintineo de copas…”.

Las cuatro piezas colombianas consideradas aquí fueron escritas en distintas épocas, durante el siglo XX, y su objetivo es presentar

Artículo publicado en: Teatro colombiano contemporáneo. Antología (1992). Centro de Documentación Teatral. Madrid, España. Esta obra se puede leer en

El presente artículo fue publicado en un número monográfico de la revista Gaceta dedicado al poeta José Asunción Silva, cuya